Lápiz rojo

El otoño ya comenzaba, los días de a poco se habían vuelto más fríos, al atardecer subía un viento frío desde el mar que rodeaba la isla. Las tardes se volvían grises y las hojas cambiaban de color. Ese sería en primer otoño sin su amiga de toda la vida. Ese día al salir de restaurante la recibió un fuerte viento con olor a lluvia. No estaba vestida para ese clima, así que emprendió un rápido regreso a casa. Estaba nostálgica y algo triste, empaparse no la haría sentirse mejor.

María llevaba prisa, tanta que al doblar en la esquina, mientras pensaba donde había dejado las botas de lluvia, tropezó de frente con un antiguo compañero de colegio. Hacia 14 años que no se veían, su cara estaba prácticamente igual, aunque ya no vestía de negro como cuando ambos eran adolescentes.

José la saludo torpemente con sorpresa. Así era José. Aun era flaco y desgarbado,  todavía usaba lentes pero ahora tenían un marco más formal, que le daba un aire de administrativo de alguna empresa. De niño parecía un ratoncito asustadizo que se las arreglaba para encontrar un rincón seguro mientras los demás niños se entregaban al juego. Comía gusanos y robaba los lápices rojos de las niñas. Fue el primer sospechoso del robo masivo de lápices y la profesora lo descubrió de inmediato al inspeccionar su estuche.

Ambos se conocieron en la espera del salón de castigo. María había llegado ahí por una pelota aventurera en medio de una clase de catecismo. Los dos eran desadaptados pero por razones muy diferentes.

Desde entonces María llevaba a José arrastrando hasta la cancha del colegio para practicar tiros de penal en casi todos los recreos. José era muy malo pero pese a todo se hicieron buenos amigos. De todo eso hacían años y otros tantos que habían dejado de verse.

Ella se alegró de corazón al verlo. Estaba necesitando un amigo. Hace casi dos meses había muerto su mejor amiga  en un absurdo accidente de tránsito. Los días comenzaban a ser fríos y grises y también algo tristes. María se invitó solita a la casa de José para conversar y “ponerse al día” de todos estos años sin noticias. José rehuyó al comienzo, aunque no demasiado. Cuando iban en el ascensor, ella pudo ver como en su maletín tenía por lo menos diez marcadores rojos todos diferentes entre sí. “Algunas cosas nunca cambian”, pensó.

José abrió la puerta y María entro sonriendo a una casa a oscuras. No vio las fotos de mujeres en las paredes. Por lo menos, veintitrés collage decoraban el lugar, mostraban la vida con diferentes grados de intimidad de varías mujeres, algunas desde su época escolar. No vio los profanos dibujos en tinta roja que como heridas abiertas hendían las paredes. Tampoco alcanzó a ver la foto de su amiga justo antes que el auto la alcanzara. Antes que un lápiz se clavara en su yugular, lo último que vio fue un flash fotográfico después sólo oscuridad.

José casi llego tarde tres días seguidos al trabajo. Se afanaba en redecorar el departamento, ahora tenía un nuevo lápiz rojo.

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