Hermanos

-Parece que va a llover- dijo en tono somnoliento mientras corría la cortina de la ventana.

Pero nadie lo escuchó. Había llovido por varios días seguidos y comenzaba a hacer mucho frío. Los demás se  afanaban en sus asuntos para salir a la hora, sus hermanos al colegio sus padres a su respectivos trabajos.

-Parece que va a llover-repitió Francisco ya en el auto de mamá.

-Sí, cariño-dijo su mamá. -Dijeron en la tele que haría mucho frío, a lo mejor cae nieve.-¿Te abrigaste bien?

-Sí-dijo Francisco mientras jalaba con una mano enguantada las varias capas de ropa de abrigo que lo cubrían.

¿Neeve?– preguntó.

-Son pelotitas de hielo que caen del cielo, como lluvia pero blanca-aportó Pedro su hermano menor.

Los hermanos continuaron su conversación mientras la madre los miraba por el retrovisor. Había sido difícil al comienzo. Un tercer hijo a su edad. Pero decidieron aceptarlo como viniera. A pesar de esa decisión pidió cada noche y  cada día que las cosas fueran diferentes. Pero dios andaba de vacaciones o era parte del gobierno, porque o no escuchó o fingió no escuchar o simplemente dijo que no. Al final todo fue exactamente como los médicos dijeron. No volvió a rezar hasta después del siguiente parto cuando le pasaron a Pedro rosado y chillón, que estrenaba sus pulmones con un buen llanto.

Ahora Pedro con toda naturalidad le explicaba a su hermano mayor los pormenores de la nieve. Lo informó con entusiasmo de las bolas de nieve, los muñecos de nieve, los ángeles de nieve, los fuertes de nieve, y del insondable misterio del sabor de la nieve. Francisco lo recordó de inmediato. Todos los personajes de caricaturas que le gustaban jugaban en la nieve alguna vez. Le entusiasmo la idea. Entonces llegaron a su ex colegio, donde estudió hasta primero básico cuando las letras y los números se colaron en su mundo de niño eterno. En ese momento murió el entusiasmo.

Lo peor de todo no fue separarse de sus amigos o de su profesora. No fue que se le comenzara a caer el pelo a mechones, dejándole aureolas en la cabeza que los niños mayores golpeaban cada vez que podían. No fue sentir el vértigo de un vacío inmenso que lo separaba de los demás niños. Lo peor de todo fue sentir que al otro lado de ese vacío estaba su hermano. Que él estaba solo.

Siempre habían estado juntos. Ellos dos formaron una dupla natural, como sus hermanas mayores entre sí. Pedro caminó primero y si no fuera por las ganas de seguirlo Panchito se hubiera quedado sentado o desparramado en el suelo, vencido por la hipotonía de sus músculos o la letanía de sus pensamientos. Desde entonces sus pasos siempre se acompañaron. Como no seguirlo donde fuera si los colores de la vida viajaban con él.

Pedro se bajo del auto y se despidió desde afuera con una media sonrisa como siempre y corrió hacia su colegio.

-Chao, hemano– dijo Panchito demasiado lento en responder.

Pedro ya no lo podía oír. Pero Francisco igual agitó la mano en despedida sin levantar la vista.

Pedro ya estaba en el colegio cuando paro de correr. Siempre le dolía un poco separarse de su hermano, que era tan grande y tan frágil. Mejor despedirse rápido y no ver sus ojos chinitos ponerse tristes. De pequeño a Pedro le costó bastante integrarse al curso. Era muy diferente enfrentarse a la vida en solitario, que con un escudero fiel. Había cosas que no entendía, cosas que eran distintas. Se sentía solo. Así que  pegó, jaló y mordió hasta que se cansó a compañeros y hasta profesores. Cuando por fin, rendido y conquistado comenzó a jugar con otros niños había pasado casi un año escolar completo. Ahora era casi uno más del grupo y varios años habían pasado.

Más tarde al otro lado de la cuidad, Francisco entró de la mano de su mamá a su actual colegio. Ella lo llevó hasta la sala de clases y habló con la profesora sobre la medicina de los oídos. Le dejó bien puestas las orejeras antes de despedirse. Había estado enfermo una semana pero se encontró con la misma leche de siempre y con el mismo puzzle de animales que se le había resistido tantas otras veces.

Sin mucho interés en la tarea su atención voló hasta el enorme ventanal. Y algo inusual lo cautivó. Se puso de pie arrastrando la silla, lo que llamó la atención de la profesora que se limitó a observarlo sin decir nada. Panchito había llegado hasta la puerta y la abrió para salir al patio. Necesitaba probarla.

El movimiento inesperado despertó al fin a los otros niños, que como si fueran patitos lo siguieron al patio. Comenzaba a caer la nieve. Mientras la profesora suspiraba resignada. Francisco alzó el rostro y saco la lengua, una lengua demasiado grande para su boca, que serviría muy bien  para intentar atrapar un copo de nieve.

A su alrededor los otros niños extendían las manos al cielo o miraban sorprendidos dando saltitos. “Los niños están conociendo la nieve”, informó con solemne gesto la profesora a la directora, la  que los miraba con ceño fruncido desde su oficina.

Al otro lado de la ciudad en medio de la algarabía de otros niños Pedro también abría la boca y sacaba su lengua para cazar un copo de nieve.


Si te gusto este cuento no olvides marcar me gusta y compartirlo o dejar un comentario 🙂

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s